Artículo de Marivi Campos, Partner Director de Ackermann Consulting, publicado en RRHH Digital
En los procesos de transformación solemos hablar de estrategia, de propósito o de cultura. Pero hay algo que a menudo se da por hecho y que, en realidad, marca la diferencia entre el cambio superficial y el cambio real: la calidad del equipo que lidera.
He tenido la suerte de acompañar a muchos Comités de Dirección y segundos niveles en su evolución, y si algo he aprendido es que la cultura no se declara, se modela. Se refleja en cómo los equipos piensan juntos, se escuchan, se retan y se apoyan.
Un Comité no solo define el rumbo del negocio, sino también el tono emocional y relacional con el que toda la organización avanza. Y ahí está la gran diferencia entre un grupo de directivos competentes y un equipo de alto rendimiento. Mientras el primero coordina… el segundo transforma.
De grupo de líderes a liderazgo colectivo
Lo decía Richard Hackman, profesor de Harvard: “El trabajo en equipo no surge por arte de magia; necesita condiciones que lo hagan posible”,
Los Comités no pueden limitarse a compartir información: necesitan compartir sentido. He visto muchos equipos dedicar horas a revisar cifras, pero apenas minutos a preguntarse cómo trabajan juntos o qué necesitan unos de otros. Y eso se nota.
Transformar un Comité en un equipo de alto rendimiento implica moverse del “yo” al “nosotros”. Pasar de la coordinación a la colaboración, del debate defensivo a la conversación constructiva, del liderazgo individual al liderazgo compartido.
El espejo cultural de la organización
Cada organización acaba reflejando la manera en que su Comité se relaciona. Si hay confianza, apertura y colaboración, esos valores se contagian. Si hay silos o desconfianza, también.
Amy Edmondson lo explica con su concepto de seguridad psicológica: “Los equipos más efectivos son aquellos donde se puede hablar con franqueza y reconocer errores sin miedo”.
Por eso, cuando una empresa busca evolucionar culturalmente, el trabajo con el Comité de Dirección y su segundo nivel no es una opción: es el punto de partida. Ellos son la matriz de coherencia del cambio.
Qué distingue a los equipos que funcionan de verdad
Tras acompañar a muchos de ellos, diría que los equipos de alto rendimiento comparten cinco hábitos clave:
1. Propósito claro y compartido: no sólo objetivos, sino también sentido común.
2. Confianza y conversaciones valientes: la calidad de las conversaciones refleja la salud del equipo.
3. Roles claros: la ambigüedad desgasta, la claridad da energía.
4. Aprendizaje compartido: revisan cómo trabajan, no solo qué hacen.
5. Ritmo y disciplina: la colaboración necesita estructura y seguimiento.
Katzenbach y Smith lo resumieron muy bien en The Wisdom of Teams: “La esencia de un equipo de alto rendimiento no está en su jerarquía, sino en su compromiso común y responsabilidad mutua”.
Del desarrollo individual al desarrollo sistémico
Durante años se invirtió mucho en desarrollar líderes individuales. Hoy sabemos que eso ya no basta. La verdadera transformación ocurre cuando se desarrolla el sistema.
El liderazgo no se ejerce en solitario, sino en la interacción. Puedes tener grandes líderes y, aun así, un Comité que no funciona como equipo.
Por eso, cada vez más organizaciones apuestan por procesos de coaching de equipo directivo, donde se trabajan las dinámicas reales: cómo deciden, cómo gestionan el conflicto, cómo se equilibran visión y ejecución.
Y es ahí donde ocurre la magia: en los silencios que abren conversaciones pendientes, en los reconocimientos sinceros, en los acuerdos que nacen del respeto y la confianza.
El efecto multiplicador
Cuando un Comité funciona como un verdadero equipo, la organización lo siente. Se nota en la energía, en la coherencia, en la velocidad para decidir y en el clima de trabajo.
Pero el impacto más grande es el cultural. Porque las personas no cambian porque se lo pidan, cambian porque lo ven.
No hay transformación organizativa sin transformación del equipo que la lidera. Invertir en el equipo directivo no es un lujo; es una apuesta estratégica por el liderazgo colectivo que sostiene el propósito, la visión y los resultados. Y, sobre todo, es recordar que el liderazgo no se enseña, se contagia.
Foto de Yuichi Kageyama en Unsplash

