Artículo de Andrea Sepúlveda Villar, Directora ACKERMANN Chile, publicado en Newsletter de DCH.
En las últimas semanas, mirar las noticias, leer los diarios o simplemente abrir las redes sociales ha sido por decir lo menos… abrumador. Vivimos en un mundo donde todo está conectado. Lo que pasa a miles de kilómetros igual nos golpea de alguna manera. Un ejemplo reciente: el terremoto en Rusia que terminó activando alertas de tsunami en Chile y en otros países. Cosas así nos recuerdan que todo está encadenado —la economía, la política, el medioambiente y hasta los fenómenos naturales— y que, al final, esto nos afecta a todos: personas, empresas, comunidades.
En nuestro trabajo lo vemos día a día en nuestras conversaciones con clientes y candidatos. La incertidumbre global, tarde o temprano, se cuela en las organizaciones. Y no solo se trata de desafíos estratégicos o financieros, también hay un impacto emocional importante. Los cambios repentinos generan ansiedad, desgaste, pérdida de confianza. Lo hemos escuchado muchas veces: no es fácil liderar cuando el piso se mueve constantemente.
En este escenario, hay dos cosas que para mí son clave: una cultura adaptativa y un liderazgo humano y consciente, capaces de guiar a las personas con empatía y propósito.
1. El impacto humano en tiempos volátiles
La incertidumbre pasa factura. Lo vemos en clientes, en candidatos y también en equipos de liderazgo: la fatiga colectiva se siente, las emociones están a flor de piel.
En muchas conversaciones con ejecutivos se repite algo: la gente no espera certezas absolutas, espera claridad y honestidad. Una comunicación cercana y frecuente puede hacer la diferencia. No se trata de tener todas las respuestas (spoiler: nadie las tiene), sino de dar dirección y transmitir confianza, incluso cuando el camino no está claro.
2. Qué es realmente una cultura adaptativa
Nuestra experiencia acompañando a organizaciones nos ha mostrado que las culturas adaptativas son las que mejor sobreviven a la incertidumbre. Son culturas que aprenden rápido, son flexibles y no le tienen miedo a probar cosas nuevas.
Las empresas que tienen este tipo de cultura reaccionan con más agilidad frente a las crisis. Pero además, y esto me parece lo más importante, logran crear un espacio donde las personas se sienten seguras, parte de un propósito y con la confianza para levantarse después de los golpes.
3. El liderazgo adaptativo, visto de cerca
Algo que escuchamos mucho es que los modelos de liderazgo de siempre ya no alcanzan. Hoy se necesitan líderes ágiles, empáticos, capaces de ajustar planes y estilos según lo que esté pasando, y que a la vez cuiden su propio bienestar y el de sus equipos.
Un liderazgo adaptativo se nota cuando alguien:
- Sabe cuándo cambiar el rumbo sin miedo a equivocarse.
- Comunica con honestidad, incluso sin tener todas las respuestas.
- Valida lo que sienten sus equipos y da espacio para probar y aprender.
- Mantiene una mirada a largo plazo, pero no descuida el presente ni el bienestar de las personas.
4. De reaccionar a anticiparse
Las organizaciones con culturas adaptativas y líderes de este estilo no solo reaccionan mejor a los cambios, también se adelantan. Detectan señales, se preparan para distintos escenarios y pueden pasar de la urgencia a la innovación.
Cuando liderazgo y cultura trabajan juntos, pasa algo lindo: los equipos se sienten seguros para proponer, aportar ideas, crear. Y eso se traduce en creatividad, innovación y crecimiento sostenible… incluso cuando afuera todo es incierto.
5. Por qué importa todo esto hoy
La ola de tensiones geopolíticas que estamos viviendo obliga a las empresas a moverse rápido. Pero en esa carrera, no se puede olvidar lo esencial: cuidar a las personas.
La adaptabilidad es una herramienta de supervivencia, sí. Pero también es una ventaja humana. Porque en tiempos de incertidumbre, liderar con empatía y propósito no solo mantiene a flote el negocio, también fortalece la confianza y el compromiso de los equipos. Y al final, ellos son el verdadero motor de cualquier organización.
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